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Tres generaciones mirando al Mediterráneo

En 1958, José María Santos Rein abrió su estudio de arquitectura en Málaga. No era el momento más fácil para hacerlo: España salía lentamente del aislamiento de posguerra, los materiales eran escasos y los encargos, incipientes. Lo que había, en cambio, era un horizonte. Literalmente: el Mediterráneo al fondo, y una costa que estaba a punto de cambiar para siempre.

Hablar de la historia del estudio es hablar de la historia de Málaga en la segunda mitad del siglo XX. No porque el estudio haya sido protagonista de todos sus capítulos, sino porque ha estado presente en suficientes de ellos como para que sus proyectos funcionen como un registro involuntario de cómo fue cambiando esta ciudad y esta costa a lo largo de seis décadas.

Los años fundacionales: una Costa del Sol que se inventaba a sí misma

Cuando José María Santos Rein comenzó a ejercer en Málaga, el turismo en la Costa del Sol era todavía una promesa más que una realidad. Torremolinos tenía ya cierta fama entre los viajeros europeos que buscaban sol barato, pero Marbella era aún un pueblo pesquero tranquilo, y la autopista del Sol no llegaría hasta veinte años después. La costa malagueña era hermosa y estaba, en su mayor parte, virgen.

Los primeros años del estudio coincidieron con los primeros grandes proyectos turísticos de la zona: hoteles que tenían que inventar su propia tipología porque en España no había precedentes, urbanizaciones que debían resolverse sin apenas infraestructura, viviendas para una clase media local que empezaba a prosperar gracias al nuevo dinamismo económico. Era un contexto de enorme energía constructiva, con todos los problemas que esa energía lleva aparejados cuando las instituciones y la normativa no están preparadas para gestionarla.

Lo que distinguía a los mejores arquitectos de aquella generación era una capacidad de improvisación rigurosa: resolver problemas que no tenían solución establecida, adaptar los materiales disponibles —a menudo limitados— a las exigencias del programa, y mantener la cabeza fría ante clientes y promotores que querían resultados en plazos imposibles. José María Santos Rein se formó en ese contexto y ese contexto dejó una marca permanente en su manera de entender la profesión: pragmática, sin grandilocuencia, orientada siempre a que las cosas funcionaran.

«Mi abuelo decía que un edificio que no funciona no puede ser buena arquitectura, independientemente de lo bonito que sea. Esa idea sigue siendo el centro de todo lo que hacemos.»

Los años del boom: construir con velocidad y con criterio

Los años sesenta y setenta fueron los años de la gran transformación. El turismo de masas llegó a la Costa del Sol con una velocidad que desbordó toda previsión. En menos de dos décadas, el paisaje litoral cambió radicalmente: bloques de apartamentos donde había huertas, hoteles donde había cortijos, paseos marítimos donde había playa libre. La demanda de arquitectos era enorme y la tentación de construir mal y rápido, también.

El estudio creció en esos años. José María Santos Rein incorporó colaboradores, amplió el tipo de encargos que aceptaba —más allá de la vivienda unifamiliar, hacia los grandes conjuntos residenciales, los equipamientos hoteleros y los edificios de uso mixto— y fue definiendo una forma de trabajar que priorizaba la calidad constructiva sobre la espectacularidad formal. No es que renunciara al rigor estético; es que lo entendía como una consecuencia del rigor técnico, no como un objetivo independiente.

Algunos de los proyectos de ese período son hoy, cincuenta años después, edificios que han envejecido bien. No porque estuvieran de moda —la moda en arquitectura dura poco—, sino porque estaban bien construidos, bien orientados y bien resueltos en su relación con el entorno. Ese es el único test que importa a largo plazo.

El relevo: continuidad y renovación

La transición generacional en los estudios de arquitectura familiares es siempre delicada. El riesgo de fosilizarse —seguir haciendo exactamente lo que se hacía antes porque eso es lo que «el estudio sabe hacer»— convive con el riesgo contrario: romper con el pasado de manera innecesaria, perdiendo el conocimiento acumulado en nombre de una renovación que no siempre añade valor.

En el estudio Santos, esa transición se fue produciendo de manera gradual a lo largo de los años ochenta y noventa. La segunda generación aportó una formación más sistemática en los lenguajes de la arquitectura contemporánea internacional —la arquitectura española de esa época vivía un momento de enorme apertura y renovación—, sin abandonar el conocimiento del territorio, de los materiales locales y de las especificidades constructivas de la Costa del Sol que el estudio había acumulado durante décadas. El resultado fue una arquitectura más explícitamente contemporánea en su lenguaje, pero igual de rigurosa en su sustancia.

Hoy: la herencia como punto de partida

Cuando la tercera generación se incorpora a un estudio con más de sesenta años de historia, la pregunta no es cómo diferenciarse del pasado sino cómo aprovecharlo. Hay un conocimiento acumulado en el estudio que no está en ningún libro: cómo se comportan los materiales con el sol y la sal de la Costa del Sol, qué errores se cometieron en ciertos proyectos y por qué, qué soluciones funcionaron y cuáles parecían buenas sobre el papel pero fallaron en la obra.

Ese conocimiento —transmitido en conversaciones, en la revisión de los archivos del estudio, en la visita a obras antiguas para ver cómo han envejecido— es quizás el activo más valioso que tiene el estudio hoy. En un mercado en el que los estudios nacen y desaparecen con rapidez, sesenta y cinco años de presencia continuada en el mismo territorio representan una forma de expertise que es muy difícil de construir de otra manera.

Al mismo tiempo, la herencia no puede convertirse en un límite. El mundo en el que construimos hoy —con las exigencias de sostenibilidad, con las herramientas digitales de diseño y gestión, con un mercado internacional que trae referencias y expectativas de todo el mundo— es radicalmente diferente del de 1958. La honestidad intelectual exige reconocer lo que ha cambiado y adaptarse a ello, sin pretender que la experiencia del pasado responde a todas las preguntas del presente.

Lo que José María Santos Rein empezó mirando al Mediterráneo desde Málaga en 1958 sigue siendo, en esencia, lo mismo: una apuesta por la arquitectura que sirve a las personas, que respeta el lugar donde se construye y que está hecha para durar. El horizonte no ha cambiado. Nosotros tampoco nos hemos alejado de él.