La arquitectura del relax: el lenguaje de los años setenta en la Costa del Sol
Cal blanca, arcos de medio punto, tejas árabes, buganvillas desbordando las tapias, piscinas de color turquesa entre palmeras. Hay un lenguaje arquitectónico que se inventó en la Costa del Sol durante los años setenta y que todavía define el imaginario visual de lo que significa veranear en el Mediterráneo español. Esa arquitectura merece ser entendida en serio.
Durante décadas, los críticos de arquitectura miraron con cierto desprecio el estilo que proliferó en Marbella, Fuengirola, Torremolinos y sus alrededores a lo largo de los años sesenta y, sobre todo, de los setenta. La etiqueta que se le puso —«arquitectura de chalet», «neoandaluz de pacotilla», «turístico mediterráneo»— cargaba una condescendencia que impedía ver lo que había detrás: una respuesta coherente, a menudo inteligente, a un programa completamente nuevo que ninguna tradición arquitectónica anterior había tenido que resolver.
Ese programa era, en esencia, el siguiente: crear espacios para que personas del norte de Europa —ingleses, alemanes, suecos, belgas— vivieran durante semanas o meses en un clima radicalmente diferente al suyo, disfrutando del sol, del calor y de una forma de vida al aire libre que sus países de origen no les ofrecían. Era un programa hedonista, sin disculpas. Y requería una arquitectura que estuviera a la altura de ese hedonismo.
El pueblo blanco como modelo
La fuente de inspiración formal más evidente de la arquitectura turística malagueña de los setenta fue la arquitectura vernácula andaluza: los pueblos blancos del interior, con sus calles estrechas, sus patios interiores, sus encalados brillantes que reflejan el sol y sus volúmenes rotundos sin apenas ornamentación. Era una referencia lógica: esa arquitectura había resuelto durante siglos el problema de vivir en un clima caluroso con medios simples, y sus soluciones —orientación de los patios, muros gruesos, ventanas pequeñas hacia el exterior y grandes hacia el interior— seguían siendo válidas.
Pero la transposición no fue directa. Los arquitectos de la Costa del Sol que trabajaban para promotores y clientes internacionales recibían también influencias del exterior: la arquitectura de resort norteamericana, los complejos hoteleros de las islas griegas, las urbanizaciones de la Riviera francesa. El resultado fue un lenguaje híbrido —cal blanca y terracota, arcos árabes y cristaleras modernas, jardines tropicales y carpintería de madera pintada— que no pertenecía del todo a ninguna tradición pero que funcionaba con notable eficacia en su contexto.
«Esa arquitectura no era pastiche: era la invención de un nuevo lenguaje mediterráneo, construido desde cero para un programa que no había existido antes.»
Puerto Banús y la urbanización como espectáculo
Si hay un proyecto que encapsula el espíritu de la arquitectura de los setenta en la Costa del Sol, ese es Puerto Banús, inaugurado en 1970. José Banús encargó al arquitecto Noldi Schreck la creación de un puerto deportivo artificial rodeado de edificación que recreara la atmósfera de los pueblos pesqueros del Mediterráneo —Portofino, Positano, Mykonos— pero con todas las comodidades del turismo de lujo moderno.
El resultado fue un conjunto de fachadas blancas con detalles de madera y hierro forjado, escaleras exteriores, terrazas superpuestas y locales comerciales al nivel del agua que, aunque era completamente nuevo y artificialmente construido, producía la sensación de haber crecido orgánicamente durante décadas. Era escenografía, en el sentido más noble del término: una construcción que no fingía ser lo que no era —nadie pensaba realmente que Puerto Banús era un pueblo pesquero antiguo—, sino que creaba una atmósfera específica con medios arquitectónicos precisos.
Puerto Banús fue un éxito inmediato y se convirtió en modelo. A lo largo de los setenta y los ochenta, sus fórmulas —los arcos, las bóvedas, los colores ocres y blancos, las palmeras en las plazas pavimentadas— se replicaron en decenas de urbanizaciones a lo largo de toda la costa malagueña.
Las urbanizaciones de bungalows: vivir en comunidad bajo el sol
La tipología que más marcó el paisaje construido de la Costa del Sol en esas décadas no fue el hotel ni la villa aislada, sino la urbanización de bungalows o apartamentos de baja altura con jardines y piscina comunitarios. Era una fórmula que combinaba la privacidad de la vivienda individual con los equipamientos que la mayoría de los compradores no podían permitirse en solitario: piscina, pistas de tenis, zona verde cuidada, portería.
Los mejores ejemplos de esta tipología —y los hay excelentes, aunque raramente se estudien— consiguieron crear una relación entre la edificación, el jardín y el paisaje que resulta hoy sorprendentemente contemporánea. Bloques de dos plantas dispuestos en ladera para que ninguna vivienda tapara las vistas de la de detrás, calles peatonales que atravesaban el conjunto creando una sensación de pueblo, vegetación mediterránea —pinos, olivos, buganvillas, adelfas— integrada desde el principio en la composición. Había un saber hacer en esas urbanizaciones que las distingue de la producción mediocre que vendría después.
Los clubes de golf: arquitectura para el ocio de los privilegiados
El golf llegó a la Costa del Sol de la mano del turismo de lujo a finales de los años cincuenta y se extendió a lo largo de los sesenta y los setenta. Los campos de golf y, sobre todo, sus clubhouses y las urbanizaciones residenciales asociadas a ellos, generaron una arquitectura específica de gran interés. El modelo era el club inglés trasplantado al Mediterráneo, pero adaptado al clima y a los materiales locales: edificios de piedra y madera con grandes porches para las tardes de verano, interiores con chimeneas para los días frescos de invierno, jardines que combataban elegantemente la transición entre el verde artificial del campo y el paisaje natural de la serranía.
José María Santos Rein trabajó en varios proyectos vinculados al turismo de golf en esta época. Era un programa exigente: el cliente era internacional, tenía referencias precisas de otros clubes europeos y no aceptaba la mediocridad. Pero era también, recuerda la familia, un programa que daba enorme libertad formal. El cliente quería calidad, no exhibicionismo. Eso es, en arquitectura, la mejor de las condiciones posibles.
El legado: entre la demolición y la reivindicación
Una parte significativa de la arquitectura turística de los años setenta en la Costa del Sol ha desaparecido o ha sido tan profundamente alterada que resulta irreconocible. La lógica económica del suelo en primera línea de playa ha llevado a la sustitución de muchos de los conjuntos más interesantes por edificios de mayor densidad y menor calidad arquitectónica. Es una pérdida que raramente se lamenta públicamente porque esa arquitectura nunca fue reconocida como patrimonio.
Lo que sí pervive, en algunos casos en notable estado de conservación, son las urbanizaciones de mediana altura en segunda y tercera línea: conjuntos que han mantenido su vegetación madura, que no han sufrido transformaciones drásticas en sus fachadas y que hoy ofrecen una calidad ambiental —sombra, tranquilidad, escala humana— que los desarrollos más recientes raramente consiguen.
Hay en esa arquitectura una lección que vale la pena extraer: que la escala modesta, la vegetación generosa, los materiales simples y la atención a cómo se va a vivir el espacio exterior pueden producir resultados que duran y que se aprecian con el tiempo. No es una lección de estilo —nadie propone volver a los arcos y las buganvillas como solución para los proyectos de hoy—. Es una lección sobre qué hace que la arquitectura funcione, independientemente de la época en que se construya.