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Grupo Escolar de Alfarnate: cuando la arquitectura moderna llegó a la alta Axarquía

En 1964, José María Santos Rein recibió el encargo de proyectar un nuevo grupo escolar en Alfarnate, uno de los municipios situados a mayor altitud de la provincia de Málaga. El proyecto debía resolver una necesidad muy concreta: dotar de aulas a la población infantil de Alfarnate y Alfarnatejo, y ofrecer alojamiento a los maestros que se desplazaban hasta allí para cubrir el curso escolar. Pero el resultado fue mucho más que una infraestructura educativa.

Alfarnate · Alta Axarquía, Málaga · 1964 · José María Santos Rein

El conjunto, formado por el colegio, la vivienda del conserje y once casas para maestros, introdujo en un entorno rural de montaña un lenguaje arquitectónico de clara raíz moderna. Frente a la arquitectura popular dominante, Santos Rein planteó una obra sobria, funcional y racionalista, capaz de dialogar con el paisaje sin renunciar a una imagen contemporánea. En un momento en el que la modernidad arquitectónica empezaba a abrirse paso en España, el Grupo Escolar de Alfarnate se convirtió en una intervención singular dentro del patrimonio construido malagueño.

Fachada principal del Grupo Escolar de Alfarnate con retícula de huecos cuadrados y cubierta inclinada de teja
Fachada principal del Grupo Escolar de Alfarnate. La retícula de vigas y pilares vistos, los huecos cuadrados y la cubierta inclinada de teja componen una imagen que dialoga entre el racionalismo europeo y la tradición constructiva de la Axarquía.

Un colegio para dos pueblos

El edificio principal se resolvió mediante una planta en forma de L. El cuerpo mayor, alargado y estrecho, organizaba las aulas en tres alturas mediante un esquema claro y eficiente: un corredor longitudinal recorría cada planta y distribuía los distintos espacios docentes. En planta baja se situaban aulas, servicios, comedor y dependencias de apoyo; en las plantas superiores, nuevas aulas y aseos completaban el programa escolar.

La fachada principal era uno de los elementos más característicos del proyecto. Santos Rein dejó vista la estructura de vigas y pilares, generando una retícula de huecos cuadrados que recorría toda la longitud del edificio. Esa composición regular, casi cartesiana, acercaba el colegio al lenguaje racionalista europeo, pero sin olvidar el lugar donde se construía: la cubierta inclinada de teja suavizaba la abstracción del volumen y establecía un vínculo con la arquitectura tradicional de la zona.

El edificio no se planteaba como una pieza aislada. Su orientación sureste y su posición frente a la Sierra del Jobo buscaban una relación directa con el paisaje. Los corredores, originalmente abiertos, funcionaban como miradores hacia las montañas. La arquitectura se convertía así en un marco desde el que mirar el territorio, incorporando la naturaleza al uso cotidiano del colegio.

Plano del Grupo Escolar de Alfarnate — planta y alzados del proyecto original de José María Santos Rein, 1964
Planta y alzados del proyecto original. La planta en L articula el cuerpo principal de aulas con la vivienda del conserje. La claridad del esquema distributivo y la modulación de la fachada reflejan la formación racionalista de Santos Rein.

Arquitectura moderna en un paisaje rural

Una de las virtudes del proyecto fue entender que la modernidad no tenía por qué imponerse al entorno. El colegio era una pieza geométrica, rigurosa y racional, pero su presencia quedaba equilibrada por la escala horizontal del edificio, por la cubierta tradicional y por el fondo montañoso que lo acompañaba.

En Alfarnate, la arquitectura moderna no llegaba como un gesto de ruptura, sino como una herramienta para resolver problemas reales: escolarización, higiene, iluminación, ventilación, funcionalidad y alojamiento. Esa es probablemente una de las claves del trabajo de Santos Rein en esta etapa. Su arquitectura no buscaba llamar la atención desde la forma gratuita, sino ordenar el programa con claridad y responder a las condiciones del lugar.

La casa del conserje, adosada a la entrada lateral del colegio, completaba el conjunto educativo. De escala más doméstica, incorporaba porche, salón, cocina, baño y dormitorios. Sus volúmenes sencillos y sus cubiertas inclinadas reforzaban esa transición entre el edificio público y la arquitectura popular del pueblo.

«En Alfarnate, la arquitectura moderna no llegaba como un gesto de ruptura, sino como una herramienta para resolver problemas reales: escolarización, higiene, iluminación, funcionalidad y alojamiento.»

Las casas para maestros

A pocos metros del colegio se levantaron once viviendas destinadas a los maestros. Hoy desaparecidas, fueron una parte esencial del conjunto original. Santos Rein las agrupó en tres fases escalonadas, adaptándolas a la pendiente del terreno y buscando un juego de luces, sombras, porches y patios que enriquecía la experiencia doméstica.

La vivienda tipo partía de un esquema muy sencillo: zonas comunes en planta baja y dormitorios en planta superior. Sin embargo, la solución espacial era más ambiciosa de lo que podría parecer. El acceso, el vestíbulo, el salón y el patio posterior generaban una secuencia continua, una especie de recorrido interior-exterior que ampliaba visualmente la vivienda y la conectaba con el paisaje.

El porche era una pieza fundamental. No solo servía como transición entre la calle y la casa, sino que daba carácter al conjunto. Al repetirse de forma escalonada en las distintas viviendas, los volúmenes producían sombras profundas y una imagen cambiante, casi escultórica. La arquitectura doméstica se convertía así en una sucesión de planos blancos, huecos, patios y cubiertas, muy cercana a la sensibilidad moderna pero enraizada en la tradición mediterránea.

Una obra entre la claridad y la dificultad

Como ocurre con muchas obras relevantes, el Grupo Escolar de Alfarnate también tuvo contradicciones. Algunas soluciones pensadas desde la lógica moderna —como los corredores abiertos del colegio o los grandes huecos de las viviendas— no siempre respondieron bien a las condiciones climáticas de un municipio de montaña, con inviernos duros, viento y frío.

Con el paso del tiempo, el colegio fue transformándose. Los corredores abiertos se cerraron parcialmente por motivos de uso, seguridad y confort, alterando la imagen original de la fachada. Las casas para maestros, por su parte, sufrieron problemas constructivos y de conservación que terminaron provocando su demolición en 2011.

Esa desaparición convierte hoy el proyecto en una obra parcialmente ausente. El colegio permanece, aunque modificado, mientras que las viviendas sobreviven únicamente en fotografías, planos y estudios. Pero precisamente por eso resulta importante recordarlas: porque formaban parte de una manera de entender la arquitectura pública como algo más que una respuesta administrativa.

Una lección vigente

El Grupo Escolar de Alfarnate habla de una época en la que la arquitectura debía resolver necesidades urgentes con medios limitados, pero también con ambición cultural. Habla de escuelas rurales, de maestros desplazados, de pueblos de montaña y de una modernidad que no llegaba únicamente a las grandes ciudades o a los hoteles de la Costa del Sol, sino también a lugares aparentemente periféricos.

El Grupo Escolar de Alfarnate no fue solo un colegio. Fue una intervención completa sobre la educación, la vivienda y el paisaje. Una obra discreta, profundamente moderna y, al mismo tiempo, ligada a la memoria de un pueblo. Su valor no está únicamente en lo que todavía se conserva, sino también en lo que nos enseña sobre cómo construir arquitectura pública con claridad, responsabilidad y respeto por el entorno.

Referencia

Romero Bueno, Sergio. «Grupo escolar de Alfarnate (Málaga): colegio y casas para maestros de José María Santos Rein». Boletín de Arte, ISSN 0211-8483, n.º 36, 2015, págs. 165–175.

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